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Historia del Taller el Molino

Fundada hace sesenta y dos años como un espacio de formación, creación y difusión de las artes plásticas, esta escuela recibe a sacros y profanos para compartir experiencias y dar rienda suelta a su talento.

Por Julia Helena Romei

Antiguo Taller el Molino
Antiguo Taller el Molino

Expresión universal

El aporte de un taller de plástica al patrimonio cultural de una comunidad no siempre se percibe en el momento, y es frecuentemente el paso del tiempo quien se encarga de poner las cosas en su lugar y rendir los debidos homenajes. Allí, donde se persigue el sublime fin de la creación y se adquiere oficio, también se absorbe cultura teórica, se forjan conceptos, se comparten vivencias en torno a un interés común y se da forma a un acervo del que se beneficiarán también las generaciones futuras. En el taller El Molino, tal es la consigna del día a día desde 1954, cuando el espacio nació a la vida pública gracias a la inquietud de artistas de fuste como Alceu Ribeiro y Manuel Raúl Deliotti. Su misión, al fundar esta asociación civil, era la de difundir la enseñanza y producción de las artes plásticas y 62 años después vaya si lo lograron.

A lo largo de ese tiempo, la iniciativa ha desarrollado una actividad ininterrumpida, tan prolífica como variada, a pesar de la matriz constructivista de sus padres fundadores.

Con un enfoque apegado al rigor académico, la formación de los alumnos ha estado siempre a cargo de maestros de ley; desde el propio Alceu Ribeiro en los comienzos del taller, hasta Juan Carlos Ferro y Aude Gobi, pasando por Raúl Deliotti, que se mantuvo como docente hasta su fallecimiento. Fue entonces cuando el centro pasó a ser guiado por su actual directora, Myrian Núñez. “Quedé a cargo en el año 91’ pero me acerqué mucho antes. Ni sé cuántos años hace que estoy aquí; creo que toda mi vida. Es algo que siento muy cercano a mí. Empecé yendo a clases con Aude Gobi, pero cuando ella enfermó, y Deliotti vio que a mí lo que me interesaba era pintar, me tomó como discípula. Eran los años 70’ y por aquel entonces estábamos en El Tajamar. Se sumó mucha gente: el doctor Parabis, José Mendizábal, Germán Mailhos, Elsa Vallarino. Después, cuando Ferro no pudo enseñar más, Deliotti me invitó a tomar la posta y empecé a dar clases.”

Taller errante

Hoy, El Molino tiene su sede sobre la calle Divina Comedia, en un predio cedido por la Intendencia de Montevideo a cambio del pago de un canon y del compromiso de mantener y arreglar el local. Sin embargo, a lo largo de su historia el emprendimiento cambió varias veces de domicilio. Originalmente estuvo emplazado en el Molino de Pérez del Parque Baroffio, en Malvín, y de ahí su nombre. Luego de abandonar la vieja barriada sin fin, se instaló en Carrasco, primero en El Tajamar, luego en La Vaquería, y finalmente en pleno parque Grauert, donde la antigua sede de la Comisión Especial Permanente de Carrasco y Punta Gorda.

Enclavado en el entorno arbolado del parque, Núñez dice que allí trabajan muy tranquilos, aunque la infraestructura cada vez les resulta más pequeña. Pero si bien el local es chico, el corazón es grande y Núñez suena orgullosa al recordar el derrotero de estos años. “Tuvimos que pelearla, pero la gente nos apoyó mucho en esta cruzada de andar de acá para allá. Y aquí estamos.”

Tabla rasa

Con un alumnado dominado por el sexo femenino, la escuela convoca a personas con sensibilidad estética de todas las edades. Las clases son semanales y van de martes a sábados en dos horarios. Allí concurren puntualmente desde adultos mayores hasta adolescentes de 14 y 15 años, pasando por niños que no cumplieron los 10. Todos unidos por la necesidad de expresar su capacidad artística, sin importar sus conocimientos previos. De hecho, la directora de El Molino prefiere que quien se decida a explorar su faceta creativa empiece de cero. “La gente entra insegura, pero yo siempre les digo que es lo mejor empezar de cero. Así se evitan los vicios y yo puedo dejar mi impronta.”

Aunque en su contexto programático la corriente impresionista es uno de sus bastiones fundamentales, la metodología aplicada por Núñez expone al alumno a diversas técnicas. “Lo primero es el dibujo. Esa es la base sobre la que luego cada uno se desarrolla hacia lo abstracto o lo figurativo. En dibujo también trabajamos la sombra y hacemos sanguina para retratos, que es una técnica que usaba mucho Leonardo Da Vinci. Después entramos de a poco en el color y hacemos pastel, acuarela, hasta llegar al óleo que es la expresión pictórica por excelencia.”

Por la integración

En El Molino la creatividad no se restringe a las cuatro paredes de su enclave y por el contrario trasciende sus muros. Este legado, que puede rastrarse hasta los primeros murales que Ribeiro realizó en edificios públicos, sigue vigente. Tan es así que las obras realizadas en institutos de educación secundaria son prueba fiel de ello. “Conversamos con la profesora Celza Puentes y decidimos dejar un mural en custodia del liceo N° 30. No fue un regalo, sino que brindamos la oportunidad de que lo aprovecharan y disfrutaran en el local. El que realizamos para el liceo N°15 también fue muy interesante porque reciclamos los bancos y utilizamos parte de los asientos.”

Cuando Carrasco cumplió el siglo, el taller estuvo presente y también supo rendir un debido homenaje a Malvín, el barrio que lo vio nacer, con una obra en la plaza Delmira Agustini. Siguiendo esa misma línea de interacción con la ciudad, tuvo una notoria participación en la experiencia colectiva de murales en el Centro Hospitalario Saint Bois.

Fiel a esta política de puertas abiertas, desde hace seis años El Molino participa activamente en la propuesta de Museos en la Noche. “Abrimos el taller, traemos música y realizamos trabajos que simbolizan la integración con la comunidad. La idea es que la gente venga y participe. Dependiendo de la temática de cada año, hacemos pinturas alusivas.”

Las tenidas abiertas para la ocasión ya son famosas en el barrio y muchos recuerdan cuando El Molino tapizó de amapolas de papel rojo parte del parque, o cuando se convirtió en un improvisado escenario para ensayar el dos por cuatro al compás de un tango.

Las muestras colectivas extramuros también son frecuentes y el Carrasco Lawn Tennis, La Spezia y el Anexo del Palacio Legislativo han acogido las obras de la escuela en varias ocasiones. No en vano, de este verdadero semillero de talentos emergieron artistas como Ambar Labruna, María Luisa Mezen, Rodolfo Piriz, Hugo Rossi, Luciana Maiorano o Washington Febles, entre otros.

Así las cosas, el taller ya está con los aprontes para su próximo proyecto y aunque Núñez afirma que se toman las cosas con calma, es claro que aquí se construye cultura día a día.

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2 Comentarios

  1. Qué lindos recuerdos. Supe compartir con Deliotti algunos años y luego cuando Myriam siguió su legado. Un beso enorme. Dónde están ahora que se quemó el rancho? Guillermo Michelini

  2. Que linda nota. Hermoso cuando la historia y el arte se mezclan. Hace poco que integro el taller. Grupo muy lindo . Y muy buena la conductora y profe. Myriam Nuñez

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